Manoseada en el subte: 2° Parte


Cuando ese círculo se abrió para mi, fue como se abran las puertas mismas del Cielo. Cuatro hermosas vergas que pujaban en los pantalones de esos pendejos calenturientos, sólo para mi. Me hubiese encantado haberlos tenido en mi casa a los cuatro, en mi cama o en mi sofá, con las cuatro vergas paradas y apuntando a mi rostro. Pero estaba en el subte, y teníamos que ser muy cuidadosos. No iba a poder gemir, ni tampoco pedir nada de penetración, pero algún trofeo me iba a llevar, eso seguro.

Por suerte eran todos altos, así que me iban a tapar bastante bien. Me puse delante del flaquito al que le estaba apoyando las tetas, pero el primero en hacer el siguiente movimiento fue el que entendió mi mensaje. Un rubio, con ojeras, pero de sonrisa muy linda. Y que con una mano se tocaba la pija por encima del pantalón, y con la otra me empezó a tocar una de las tetas.

El que tenía atrás mío, y al que nunca le vi la cara, me empezó a manosear las gomas. Primero probó el peso de ellas. Las acarició de abajo hacia arriba, haciendo que se muevan en mi corpiño. Me encantaba como los dedos, fuertes y duros (tanto como su pija que me rozaba la cola), me masajeaban haciendo que me ponga rojísima.

Los otros tres miraban todo y se tocaban encima del pantalón, hasta que uno peló la chota y la boca se me hizo agua. Tenía unas ganas de arrodillarme y empezar a mamársela entera... Llenarme la boca de chele. Pero no podía porque se iba a ver TODO.

—Sacale las tetas para afuera —le dijo el más gordo,  y no se por qué me dio la impresión que era el más pajero de los tres.

—¿Y si tenemos problemas?

—Vos dale, boludo, Ya re fue —insistió el gordo. Y sí. Ya re contra fue. Porque si ya estábamos así mejor seguir. Y ver hasta donde seguíamos.

Le tuve que agarrar las manos al que estaba atrás mío y le enganché los dedos en la remerita y le levanté las manos para que me levante la remera también. Y volví a ponerle las manos en mis tetas para que las siga manoseando.

—Dale, boludo. Quiero verle las gomas —dijo el rubio sin dejar de tocarme.

No perdió más tiempo y me levantó el corpiño para que se me tea todo. Mis tetas, grandes, gomosas y blancas, con los pezones duros, salieron. El contacto con el aire los hizo endurecer más.

—Ay, mi amor. Qué tetas que tenés.

—Me dan ganas de chuparte toda.

—¿Alguno se anima? —les pregunté.

Creo que no se lo esperaban, pero el morocho que era el más bajito de los cuatro fue el que se animó. Le pidió al resto que lo cubra, y disimuladamente se acercó a uno de mis pezones.


¿Querés saber más?

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Por fin me cogí a mi vecinito - Parte 1

Por fin me cogí a mi vecinito - Parte final